Lo que tienes ante tus ojos no es literatura; es la supuración de una herida que nunca debió abrirse. Al sostener este volumen, no sostienes arte, sino la evidencia palpable de que la existencia es un error biológico y espiritual, un accidente macabro en la indiferencia del cosmos.
El ser que ha vomitado estas páginas no busca la redención, porque sabe que la redención es una farsa inventada para soportar el horror de estar vivos. He observado cómo trazaba estas líneas, no con la inspiración de las musas, sino con el espasmo de quien se arranca la piel a tiras para ver si debajo queda algo puro, solo para descubrir que bajo la carne solo hay podredumbre y silencio.
Aquí no hay consuelo. No hay dioses que escuchen, ni mañanas que prometan. Quien escribe esto ha comprendido que la consciencia es un tumor maligno, una maldición que nos obliga a ser testigos de nuestra propia decadencia.
Adéntrate si tienes el valor de mirar al abismo y dejar que el abismo te devuelva la mirada con desprecio. Pero ten por seguro que, al cerrar estas páginas, sentirás el frío absoluto de saber que no somos más que carne angustiada esperando turno para volver al lodo. Nada importa. Nada perdura. Y este libro es la prueba irrefutable de que hubiera sido mejor, infinitamente mejor, no haber nacido nunca.
CENIZAS
Camino entre cenizas de agonía
que el viento esparce por mi voz,
cada paso es una huella atroz
que oscurece lo que resta de alegría.
Los sueños arden en la lejanía
como mendigos bajo el sol feroz,
y mi verso se consume con un adiós
que nadie escucha en la melancolía.
Soy sombra de una sombra que se fue,
eco perdido en el vacío inmenso
sombra de una sombra en que viví.
En este laberinto sin salida encontré
solo el dolor más puro y denso,
y en él mi esencia al fin reconocí.
